su caminar es pesado.
En el firmamento opaco
se dibujan los primeros rayos.
La espalda encorvada,
el sudor frío recorriendo su sien,
y entre las manos su única carga:
su corazón palpitante.
Una estela de sangre lo persigue;
sombras se esconden entre las piedras.
Él nada percibe ni se inmuta:
su vista permanece fija en la cima,
testigo silenciosa de su ascenso.
El latir resuena como un eco,
se pierde entre las montañas,
baila al compás del canto de los pájaros.
¿Logras escucharlo?
En las alturas,
el horizonte se postra a sus pies.
Un mar de nubes recibe su ofrenda,
la brisa lo abraza,
y son sus lágrimas las que vuelan:
limpian,
acarician,
sanan.