Alineamos los dedos,
se entrelazaron,
se apretaron.
Me mirás a través de las pupilas.
Siento la electricidad correr por mi cuerpo,
tus labios bendiciendo el beso,
el atardecer pintando el cielo,
el rugir del agua cayendo en picada.
Y entre tanto sentir,
acaricias mi corazón,
la sonrisa que se escapa cada vez que te veo,
aunque no te esté viendo.
Mudo instante de plenitud.
Hablás
y amo todo lo que dices.
Palabras que quieren salirse del pecho
para llenar tu mundo de poesía.
Pezuñas de cabra
saltando y pateando entre canciones,
cabezazos de ternura
acompañados por la más dulce de las risas.
La tuya.
Bella por fuera
y, sobre todo, por dentro,
con la llama a flor de piel
y el suspiro latiendo en tu corazón.
Te veo.
Te quiero.
Y sé, como una verdad suspendida en el aire
que este amor es inevitable.
Amor
contra el que nada puede,
ni hechizo que lo desarme.
Ya está aquí.
Y desea quedarse
entre los árboles que tocan el cielo,
en el tiempo que se detiene
para nosotros.
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