Nació en una familia humilde, hijo de guerreros. Creció entre montañas y acero, aprendiendo que el honor era ley y que la muerte no debía temerse. Pero su corazón, inquieto y curioso, encontró otro refugio: la palabra. Entre combates y aventuras escribía poemas, y en ellos dejaba lo que la espada no podía decir.
Era valiente. Era justo.
No temía ni al diablo ni a la muerte, porque ambos habían sido compañeros en su camino.
Pero tenía una debilidad.
El amor.
Y esa debilidad lo hería más que cualquier arma.
Durante años no escribió. La vida y las decepciones se habían encargado de arrebatarle la voz. Se dedicó al trabajo, al deber, a honrar a su familia. Convenció a su pecho de que latir menos era la forma más segura de sobrevivir.
Hasta que la encontró.
En una cascada escondida, en lo profundo del monte, la vio. Su cabello rojo ardía entre el agua como una llama imposible. La suavidad de su piel, el sonido de su voz… todo en ella lo cautivó. El mundo pareció inclinarse hacia su presencia.
Y él cayó.
Le habló de amor antes de comprenderlo. Le entregó palabras que llevaba años guardando. La tinta volvió a mancharle los dedos con urgencia, como si temiera quedarse otra vez sin voz. Cada verso era una caricia adelantada. Cada promesa, un salto al vacío.
Su corazón llameaba de felicidad.
Creyó haber hallado aquello que le había sido negado.
Se quitó la armadura sin advertirlo.
Qué frágil es el hombre que ama sin medida.
La noche cayó cuando ella le dijo que ya no lo deseaba. No hubo gritos ni batalla. Sólo una frase limpia y definitiva. En el rostro que tantas veces había soñado vio una expresión que lo atravesó más que el rechazo: la indiferencia.
Sintió cómo algo dentro suyo se desgarraba.
La razón se volvió un murmullo lejano.
La sangre, un incendio.
Montó su caballo y huyó hacia las montañas. Galopó sin rumbo, rugiendo al compás de su corcel bajo la mirada distante de las estrellas. Se internó donde nadie pisa, donde el viento corta la piel y el silencio pesa.
Ya en la cima más alta, cayó de rodillas.
Esta vez no gritó.
Comprendía algo que recién entonces empezaba a revelarse: su corazón ardía demasiado.
Había amado como quien incendia bosques.
Había entregado todo, siempre.
Sin medida. Sin cálculo. Sin retorno.
Y ese fuego no cabía en la tierra.
Arrojó la tinta sobre sus hombros como si se preparara para un rito. Las hojas escritas con devoción volaron hacia el abismo. No las soltó por despecho, sino por entendimiento: lo que ardía en él no estaba hecho para quedarse.
La luna lo observaba.
No descendió por piedad.
Descendió porque reconocía lo suyo.
Su luz antigua rozó el pecho del caballero y vio allí una llama que no pertenecía a este mundo. Entonces se curvó.
Se volvió medialuna.
Y de un solo golpe, clavó su filo y abrió su pecho.
El corazón, todavía ardiente, quedó suspendido en la luz plateada, latiendo como una estrella recién nacida.
La luna ascendió con él prendido a su resplandor.
Y al recuperar su forma redonda en el firmamento, ya no fue blanca.
Se tiñó de rojo.
No de sangre derramada.
Sino de fuego reclamado.
Abajo, en la cima helada, el cuerpo del caballero cayó sin violencia. Su pecho vacío no dolía. Por primera vez, el peso de sentirlo todo había desaparecido.
Había sido demasiado para la tierra.
Pero no para el cielo.
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