la mirada que arde sin moverse.
Mi pelaje guarda los caminos del bosque,
y el tiempo se curva lento,
como un río que recuerda.
Antes del asfalto y del nombre,
ya oía la garganta del diablo
abrirse en un canto sagrado,
un eco estridente de los dioses del agua
rompiendo el corazón de la piedra.
Llegaste, viajero de polvo,
siguiendo el murmullo de los mapas.
Te vi caminar hacia las cascadas,
perderte en su espesura,
como un hijo que regresa
a un origen que no entiende.
Caminaste entre mis dominios,
bebiste la niebla,
tocaste el rugido del mundo
sin saber que él te miraba.
Escuché en tu silencio
el temblor de quien despierta.
Porque la libertad no se alcanza,
se recuerda.
Las leyendas guaraníes aún respiran
en la bruma y en las raíces,
donde el amor se hizo cascada
y la muerte, arco iris.
Cuando la tormenta te envolvió,
seguí tus pasos invisibles:
supe que habías comprendido
que todo viaje es regreso,
y que el agua que cae
también asciende.
Y mientras el agua asciende,
vuelvo a ser sombra entre los helechos.