Despierto con las manos oprimidas contra las sábanas,
mi mente divaga entre sombras
que dibujan su silueta
y repiten sus palabras.
Me gritan que ya no me quiere,
algo se rompió entre los dos.
Doy vueltas,
intento escapar,
pero nada las detiene.
El horror de la perdición,
un lento desenlace
que siento en su voz
y, aún más, en su mirada
que ya no siento igual.
¿Qué hay en su mente?
¿Qué siente en su corazón?
¿Por qué su voz ya no me acaricia,
ni su boca me busca?
Culpable de todo,
un látigo sería menos cruel
que esta distancia fría.
Poco a poco
la siento alejarse cada vez más.
Errores grabados a fuego en nuestra piel,
¿acaso ya no me ama?
Ni siquiera quiere intentarlo:
rendida ante lo negativo,
no ve cuánto la amo.
Quisiera desaparecer,
consumirme en esta angustia
que desgarra cada fragmento.
Todo recuerdo se tiñe de tristeza,
cada caricia tiene el sabor de la desesperación.
¿Qué otra cosa puedo hacer
si las palabras no importan?
No cree en ellas,
se aleja cada vez más de mí,
su corazón se enfría entre las ideas.
¿Qué otra cosa puedo hacer
si todo era perfecto entre los dos,
y los errores marcaron el ritmo,
desequilibrándonos?
Ni siquiera soy su amor,
sé que ya no lo siente.
Y el corazón se me oprime de dolor.
Las lágrimas hacen naufragar las palabras
destinadas a su sentir,
uno que me desconoce
y me aleja aún más de mí.
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