No hace falta que caiga la noche:
ya está aquí,
detrás de mis ojos,
fuera de todo alcance,
la mayor de las negruras.
Hace tiempo
desaparecieron los colores.
Agentes extraños,
vestidos de impostores,
arrebataron cada foco de luz
y cerraron con sigilo esta celda,
sumergiéndola en sus confines,
en una oscuridad absoluta.
Se siente frío,
casi mortal.
Ni el suspiro se escucha,
ni se oyen las lágrimas caer.
Ya nada importa en este yermo:
nada llega,
nada sale.
Pero quisiera contar un secreto.
Allá en las profundidades,
muy dentro de las ruinas,
hay una flor oculta,
de un intenso azul.
Permanece tan honda
que apenas deja filtrar su luz.
Nadie la encuentra
porque a nadie le interesa buscar.
Un tesoro abandonado,
yaciendo en lo más hondo,
solitario hasta el final,
apagándose de a poco,
perdiendo su azul,
hasta morir como todo
en un silencio
demasiado perfecto.
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