martes, 20 de enero de 2026

Derrumbe

El cóndor atravesó el techo,
se estrelló contra el armario
y colapsó con su perfume,
despedazando el recuerdo.

Gritó su nombre,
danzó entre las llamas del desamor.
Sus plumas ardieron de lujuria
y las garras arañaron
el reflejo
de las pupilas rotas.

Te odio.
Te odio tanto.
Fuera de acá.
No vuelvas nunca más.

El suelo tembló.
De un hueco surgió una coral:
se enroscó en la cabeza de la estatua
y desde lo alto
lloró su canción.

Sus colores se fundían con la luz
de las estrellas de su mirada.
El día se hizo noche
y el rojo lo impregnó todo.

Mi maldita culpa.
Sí.
Mi culpa, solo mía.
Lo destruyo todo.

Las paredes se derrumbaron.
Un puma herido entró,
la espalda vencida,
el fuego del invierno en los ojos.

Se recostó en la cama.
Todavía olía a ella.
Se regocijó en recuerdos muertos,
tan muertos
como su sonrisa.

Te extraño.
Vos, ¿dónde estás?
¿Acaso éramos el uno para el otro?

Las ruinas son la cama perfecta.
El demonio se alimenta aquí:
viene por la desesperación,
sombra que emerge
y mata.

Mira horrorizado:
odio, culpa, tristeza.
Todo desaparecerá.

—Solo debés venir conmigo.

Camina inmerso hacia el abismo.
Va a dejarse caer.

Y antes del fin,
un cachorro
le muerde con ternura.

Tiembla.

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