Subía por las piedras
como quien regresa
a un templo olvidado.
El aire cantaba,
y una serpiente —
antigua, paciente —
envolvió mi sombra
y dijo sin decirlo:
“venís conmigo.”
En mi cuarto de madera
la luz era un animal manso,
y los perros corrían
como si el mundo
todavía fuera claro.
Yo era niño,
pero no un cuerpo pequeño:
era un espíritu lavado,
un latido recién nacido.
Hasta que llamó el pasado.
Entró un hombre de negro,
cansado de sí mismo,
con la voz llena de polvo.
Habló sin parar,
como quien teme callar
y escuchar lo que duele.
Salí un momento
y al volver lo encontré
desnudo de vergüenza,
temblando sobre su culpa.
Me miró como a un juez
y yo lo miré como a un hermano.
Le puse música,
abrí el pecho,
bailé el carnaval
que cura lo que el silencio pudre.
Él me imitó
y por un instante
su sombra respiró.
Pero vio a la serpiente
crecer en la ventana
y quiso matarla.
Le gruñimos:
yo y mis perros,
guardianes de lo sagrado.
No se toca
lo que nos salva.
Se fue, llorando,
y por la rendija
entró un cachorro negro,
mínimo, hambriento,
como un nuevo comienzo
buscando ser cuidado.
Desperté feliz
como si el sueño
recordara quién soy.
La pieza era oscura,
pero adentro mío
la serpiente
seguía brillando.
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